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La ‘realpolitik’ fiscal o la irresponsabilidad del Gobierno

Hay un continuo resorte defensivo del PSOE ante la más mínima voz crítica desde la izquierda a la gestión del Gobierno central, que se resume en alegar que más allá del utópico mundo de las ideas en el que -se supone- vive cómodamente instalada la izquierda purísima, el barro de la cruda realidad salpica las buenas intenciones e impone límites a cómo nos gustaría que fuesen las cosas. Es verdad que muchas veces hay cosas que nos vienen dadas y condicionan para mal los intentos por cambiarlas, pero no deja de ser evidente que ese argumento tan recurrente se acaba dando de bruces, también, con la propia realidad. Es entonces cuando la política se divorcia de cualquier teoría, principio y estrategia a largo plazo, y termina ajustada a la coyuntura y la esquizofrenia efectista, en una pobre caricatura de la noción alemana de realpolitik. Y cualquier propuesta alternativa es devuelta, con un rápido reflejo, de un raquetazo y al grito simplón de “es muy bonito teorizar, pero la vida no es así”.

Sin embargo, el Gobierno central lleva demasiado tiempo sudando la camiseta con tanto raquetazos de ese tipo, fundamentalmente en materia económica y más en concreto en política fiscal, como hemos podido comprobar estas últimas semanas de rumores, anuncios, improvisaciones, desmentidos y globos-sonda contradictorios. Un día, Pepe Blanco piensa en voz alta que quizás vaya siendo el momento de ir pensando que tal vez se acerca la hora de poner encima de la mesa la posibilidad de plantear que llegado este punto no sería mala idea proponer una subida de impuestos a quienes más tienen. Rápidamente el propio Blanco se apresura a subrayar que se trata de “una apreciación personal”, y a partir de ahí, todo han sido bandazos.

Hablar de posibles reformas fiscales en el actual escenario de crisis económica nos exige mirar un poco hacia atrás y ver cómo ha actuado el Gobierno central en los últimos años. Desde que el PSOE accedió al poder, en 2004, con el reclamo insustancial de ‘Bajar los impuestos es de izquierdas’, el tope máximo del IRPF ha bajado del 45% al 43%, se ha eliminado el impuesto de patrimonio, se ha establecido un tipo único del 18% para las rentas de capital y no se ha tocado el control sobre las sociedades, a pesar de las surrealistas situaciones que se dan con las llamadas ‘sociedades de inversión de capital variable’ que tributan al 1% y suponen un coladero para grandes fortunas. Lo recordaban días atrás, incorporando opiniones sobre cómo se están dando los últimos acontecimientos, otras voces de la blogosfera, como Pablo Urbiola (aquí, aquí y aquí), Sira, mi señor padre u hoy mismo, Don Ricardo.

Esto no sé si es de izquierdas o de derechas, sí está claro que, al margen incluso de valoraciones ideológicas, el modelo fiscal resultante ha dejado la Hacienda pública en una situación de extrema debilidad para afrontar la crisis económica. Conclusión: no es sólo que tengamos un sistema fiscal más regresivo que el que dejó el PP, es que la gestión del Gobierno en esta materia ha sido de una profunda irresponsabilidad e ineficacia.

A golpe de recortes caprichosos sin una visión de conjunto, y de los repartos indiscriminados de devoluciones y cheques para consumir en el salvaje mercado (en lugar de fortalecer servicios públicos), tenemos lo que tenemos. Se puede seguir agarrando el clavo ardiendo de la ‘realpolitik’ con la que se ha transformado peligrosamente el sistema fiscal (hasta el punto de cuestionar, de hecho, el sentido de redistribución de la riqueza que le da la Constitución), al dictado de los cantos de sirena del PP, o se puede dejar de hacer malabarismos y pasar de las palabras a los hechos. A veces me gustaría estar en la cabeza de Zapatero para saber por qué camino piensa tirar. El problema es que todo parece depender de una moneda lanzada al aire. Esperemos que caiga del lado menos malo.

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