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Todos los fuegos Aguirre

El Partido Popular no sabe a qué mano pasar la patata abrasada llamada Bárcenas. Los 22 millones de euros depositados a buen recaudo en Suiza por el ex tesorero del Partido Popular y pieza clave en las investigaciones de la trama ‘Gürtel’ podrían ser la punta del iceberg de un escándalo de financiación irregular cuyo alcance aún se desconoce, a juzgar por la escalada de declaraciones de antiguos dirigentes o cargos públicos del PP que dan fe de cómo Bárcenas hacía rular sobres con dietas y sobresueldos en dinero negro en Génova. Rajoy y Cospedal pretenden reducir el escándalo a la absoluta falta de honorabilidad del otrora apreciado contable y a un mal menor subsanable con una auditoría externa, pero, mientras, éste amenaza con tirar de la manta y dejar a la plana mayor del partido en pelotas.

Y entre las bambalinas, con sonrisa impoluta, Esperanza Aguirre observa el avispero sin renunciar a dar sus propios picotazos. De hecho, hay en toda esta trama un claro regusto de venganza servida bien fría por parte de la ex presidenta autonómica madrileña. Aguirre saltó del barco antes de que su ya tocado gobierno tuviese que afrontar el vaso colmado de los recortes con la gota de la privatización sanitaria, y antes de que emergiesen públicamente la millonada y los sobresueldos de Bárcenas. De esta manera, la trama ‘Gürtel’, que tiene su sístole en la Comunidad Valenciana de Camps y su diástole en el Madrid de Aguirre, parece ajena a la gestión de ésta, quien quiere abanderar la tolerancia cero contra el más mínimo indicio de corrupción.

No cuela. El modelo instaurado por Esperanza Aguirre en Madrid desde 2003 es el de “un capitalismo de amiguetes”: la concepción del Estado como soporte del negocio de grandes empresas en cuyos consejos de administración y alcantarillas se aliñan conflictos de intereses entre lo público y lo privado sin complejo alguno. La simple propuesta realizada por Aguirre para que Manuel Pizarro presida la investigación interna del PP de Madrid es bastante elocuente: Pizarro, ese Abogado del Estado catapultado como hombre de negocios al calor de la privatización de Endesa.

Es en esa noción pseudoliberal de lo público como colchón del negocio privado donde anida la serpiente de la corrupción en potencia. El plan de Aguirre se puede justificar fácilmente en su ansia de dar el asalto final al poder en el PP, pero su cinismo es evidente. Cuando se trata de patatas abrasadas como la de Bárcenas, poco hay que añadir a aquello que escribió Cortázar (y que me perdone la osadía de parafrasearlo): “Todos los fuegos el fuego”.

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