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Ingobernable

Resulta curioso observar los resultados de las elecciones italianas al calor del debate que han generado sobre la ‘ingobernabilidad’ a la que arrojan a un país que, de facto, ha estado ya ingobernado durante varios meses en la medida en que su parlamento era un teatro de sombras chinas donde la Troika proyectaba las siluetas de un tijeretazo detrás de otro. Pero curioso es, al fin y al cabo, constatar cómo las leyes electorales injustas y faltas de proporcionalidad se imponen con la justificación de la necesidad de fortalecer a los grandes partidos para generar “mayorías estables” pueden acabar volviéndose en contra de ese criterio.

La forma en que un Estado organiza su régimen electoral tiene un objetivo tácito inconfesable: la democracia es aceptable en la medida en que no ataca ni pone en riesgo el corazón de los intereses de los poderes fácticos. Por ello, el arraigo y consolidación de dos grandes partidos o bloques políticos que pueden alternarse en el ejercicio del gobierno no es en realidad una manera de garantizar “estabilidad” en el sistema político, sino más bien en la salvaguarda de aquello que en última instancia hace a aquella minoría privilegiada mantener el poder real.

El problema es que las leyes y sistemas electorales, aunque obedezcan a esa lógica y la contrapeen con la existencia de un pluralismo político aderezado por opciones minoritarias que se reparten las migas sobrantes del bipartidismo, no dejan de ser el contenedor de un contenido cuyo devenir tiene un punto de imprevisibilidad, de escape al control de ese poder real. Y esto es algo que se enciende de manera especialmente viva en momentos de crisis. Cuando los cimientos mismos, los consensos básicos, en que se asienta una democracia son malvendidos, al otro lado del espejo de la sociedad civil se percibe que las cosas no son como el reflejo que se nos quiere devolver y hay algo que no es como dijeron.

Por eso la misma ley que se concibe para evitar la excesiva fragmentación parlamentaria (y cuyos efectos lesivos sobre la proporcionalidad electoral y el pluralismo político se venden como males menores) acaba siendo superada por el hastío y la indignación social. Italia es más ingobernable que nunca fruto de una ley que pretendía resolver la histórica ingobernabilidad. Algo parecido puede ocurrir en España con los cascotes de un bipartidismo en proceso de descomposición.

Pero no nos engañemos: la culpa no es ni del chachachá ni de la ley electoral. Quien crea que el papelón de Bersani, Berlusconi, Grillo y Monti se resuelve con una nueva reforma-trampa electoral o unas elecciones anticipadas sencillamente está dándole una leve patada al problema. Lo que hace a Italia ingobernable son aquellas manos que se posan ante el foco de luz para imponernos sus sombras chinas. ¿Les suena?

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