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2014: ¿Nos atrevemos a construir un polo democrático y alternativo para una primavera europea? (I)

La perspectiva de la convocatoria electoral al Parlamento europeo en junio de 2014 está despertando un vivo debate en diferentes ámbitos de la izquierda (o las izquierdas) en el Estado español, a propósito de la necesidad de formalizar una candidatura lo más unitaria y plural posible que agrupe a las diferentes organizaciones políticas y además se “abra” a la incorporación de representantes de la sociedad civil comprometida, desde personalidades de renombre hasta activistas de los movimientos sociales emergentes. Este debate discurre de manera paralela, cuando no directamente está trenzado con ella, a una reflexión de mayor calado sobre la profunda transformación que está viviendo la política: la forma de entender la política y de participar políticamente.

En mi opinión es, por tanto, un debate que va más allá de la estrategia concreta de cómo afrontar de la manera más idónea y con mejores posibilidades de buenos resultados una convocatoria electoral. Lo que de verdad nos estamos jugando es cómo construir una alternativa que se perciba capaz de disputar espacios reales de hegemonía, cómo concretamos redes de confluencia para recuperar soberanía democrática, y eso significa hacer las cosas de otra manera. Ya, ya sé que las consignas grandilocuentes sobre la “nueva política” tiene muy poco de nuevo y que en muchas ocasiones remiten a mantras recurrentes en debates que la izquierda ha jugado a tener en los últimos 30 años.

Por eso, es el momento de dar pasos efectivos, de romper determinados techos de cristal y despejar del camino el inmovilismo defensivo con el que se pretende caricaturizar como “antipolítica” cualquier cosa que se sale del esquema de las organizaciones tradicionales. Ya he hablado en alguna otra ocasión sobre la antipolítica y recomiendo a este respecto el artículo de Hugo Martínez Abarca de hace unos días, o, abordando directamente la crisis de credibilidad y legitimidad del sistema de partidos, el que escribía a principios de año Romenauer.

El agotamiento del modelo político heredero del 78 no es sólo algo que nos afecte de “puertas para dentro”. La tremenda brecha democrática revelada por la “construcción europea” cruza de cabo a rabo nuestra propia crisis de régimen, ya que la Unión Europea ha sido en el relato oficial durante mucho tiempo el colofón triunfal de la Transición: la joven democracia española incorporada en tiempo récord al selecto club de la integración europea, y, por tanto, Europa como idea de modernidad y progreso en sí misma, han funcionado como mito concluyente y guinda legitimadora de la Transición.

La impunidad con que se están dilapidando todos los consensos políticos y sociales nacidos al calor de la Transición española (desde el derecho a la educación o la sanidad hasta el desarrollo del Estado autonómico, pasando por la autonomía local o las libertades mismas de reunión y de manifestación, etc.) y la impunidad con que se imponen desde instancias supranacionales opacas y sin control democrático suicidas políticas de austeridad, van de la mano: son la misma impunidad.

De ahí la importancia que tienen las elecciones europeas de 2014 desde la óptica de la izquierda y de la necesidad de dar una respuesta de confluencia que encaje con la tremenda percepción de hartazgo ciudadano hacia la UE y con la irrupción de nuevos agentes de activismo surgidos en un mapa político en transformación. Por eso creo que la apuesta ante las elecciones europeas debe ser más ambiciosa que la de una coalición de partidos ‘abierta’ a independientes procedentes de determinadas esferas de la sociedad civil o de movimientos sociales. Los partidos y organizaciones políticas deben –como afirma Alberto Garzón en la fantástica entrevista que le hace Olga Rodríguez en el #1 de los Cuadernos de Eldiario.es– romper con su mediación rígida y favorezcan (sin pretensiones de teledirigir) procesos de reagrupación de bases sociales en torno a propuestas alternativas, y no a cuestiones identitarias.

Se trata de impulsar una confluencia política y ciudadana. Por eso, en la perspectiva de las elecciones europeas, me gusta más la idea de “Polo” (como punto de concentración de energía) que la de “coalición”, “frente” o “bloque”, que no dejan de aludir a formas tradicionales –más o menos generosas o abiertas, pero tradicionales- de relación de los partidos clásicos. Un Polo democrático y alternativo –independientemente de que la forma legal en que se constituya sea la de una coalición o la de una agrupación de electores, por ejemplo- de confluencia ciudadana para organizar una rebelión democrática, una primavera europea.

La voluntad de confluencia debería ser, como se apuntaba más arriba y como parece evidente, en torno a la afinidad programática, a la coincidencia en la propuesta política, pero a su vez ésta debe estar sustentada en una determinada visión de Europa e hilvanada por un relato alternativo de la Unión Europea.

Sobre esto, y sobre la metodología que podría orientar un proceso de este tipo, seguiré más adelante en otra entrada, que aunque es lo verdaderamente importante, de momento ya me he enrollado mucho por hoy.

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