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Sudeuropa y soberanía ciudadana [Por un polo democrático y alternativo para una primavera europea (II)]

Retomando donde me quedé en mi anterior entrada, me parece importante caracterizar bien en qué punto estamos en el mapa político de la Unión Europea para construir un relato alternativo y apuntar hacia otros referentes posibles con que convocar a una nueva mayoría política y social en nuestro país ante la perspectiva de las elecciones europeas de 2014.

La crisis económica ha hecho del déficit democrático estructural de la Unión Europea una triste obviedad: su engranaje institucional no supone sólo un ‘mamotreto’ burocrático poco poroso o percibido como distante de la ciudadanía. El papel de un Parlamento prácticamente despojado de una capacidad legislativa real por iniciativa propia, a mayor gloria de una Comisión europea sobre la que tampoco tiene un control democrático efectivo de hecho, están en el corazón mismo de la creciente desafección ciudadana hacia “Europa”.

No es casual que en una arquitectura institucional como ésa tenga tal peso específico el Banco Central Europeo, núcleo de una moneda única a mayor gloria de las economías fuertes de la Unión. El “milagro del euro” no es ni más ni menos que un castillo de naipes y sus puntos débiles (la ausencia de una política económica común y de una unión fiscal) no han surgido por generación espontánea: la obsesión por el déficit frente a la redistribución de riqueza o la creación de empleo, y los “vacíos” de soberanía que implica el espacio común virtual de un Euro con pies de barro y que acaban ocupados por poderes de escasa credibilidad y legitimidad democráticas (junto al propio BCE, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional: la llamada ‘Troika’), son una extensión del mismo interés de esas economías fuertes (Alemania a la cabeza) por una Europa en cuyo mercado interior reproducir el patrón de desigualdad que fortalece su “competitividad”.

Esa imagen de la Alemania de Merkel dando un golpe encima de la mesa al grito de “se os ha acabado el chollo, díscolos vividores del Sur de Europa” es sencillamente el retrato del cinismo con que la crisis económica ha tenido su caracterización política en la UE. Si el euro existe es porque en su momento, Alemania alentó la incorporación de economías como la italiana, la española, la portuguesa o la griega, favoreciendo que fueran “más competitivas”, es decir, más precarias al dictado de unos requisitos durísimos que por cierto la propia Alemania (de por sí con un tejido económico mucho más fuerte) incumplió. Y todo ello no fue fruto de un ejercicio de mecenazgo ni de una generosidad caritativa más propia de la madre Teresa de Calcuta, ni en aras de propiciar la gran gesta civilizatoria de una moneda común europea… Fue, sencillamente, porque le interesaba, como le ha interesado a su élite bancaria y financiera durante todo este tiempo jugar al casino de la Europa meridional y sus burbujas.

Es en ese punto en el que estamos: ahora pretenden llamarlo “Europa a varias velocidades”, pero lo que estamos jugándonos es una Europa basada en un modelo social y de derechos (es decir, en la redistribución equitativa de una riqueza generada por la reconversión ecológica e inteligente de su economía, de sus economías) frente a una Europa en el que las potentes economías del Norte blindan su hegemonía sobre la precarización de las economías y las condiciones de vida de los pueblos del Sur. Lo que nos estamos jugando –Portugal, España, Italia, Grecia o Chipre- es convertirnos, definitivamente, en la China particular de Alemania.

Y es aquí donde debemos forjar un relato que entronque con lo mejor de la herencia viva de una idea popular de Europa, de una idea de Europa que no pertenece a estadistas ni a tertulianos de la radio ni a intelectuales. Bajo el edredón de mármol de la historia oficial de Europa (la del sueño de unos Estados Unidos Europeos en boca de Churchill; la que se impulsó con los Tratados del carbón y del acero), podemos tocar la memoria y el legado de trabajadoras y trabajadores italianos, griegos, españoles, turcos, portugueses, balcánicos que acudieron al nervio de una Europa del norte devastada y, junto a su ciudadanía nativa, ayudaron a levantarla con sus trabajos y sus luchas, trayendo con los primeros un fuerte desarrollo económico y, con las segundas, unas conquistas sociales que recogieron las respectivas legislaciones nacionales.

El terrible problema de soberanía de este modelo de construcción europea (y que sufre la ciudadanía en general, pero especialmente en el contexto descrito, los pueblos del Sur) no es –como a veces se presenta de manera reduccionista e interesada- un problema de soberanía “nacional”, es decir, de transferencia de poder real del marco del Estado-nación a una instancia supranacional. El problema es de soberanía ciudadana: de transferencia de soberanía a ámbitos de poder no elegidos por la ciudadanía y de nulo control democrático.

Se está fraguando en los pueblos del sur de Europa, como respuesta a las fuertes agresiones de la ‘Troika’, un nuevo espacio para la política, de efervescencia ciudadana, de resistencia pero también de elaboración colectiva, que debe hacer de la reivindicación de la soberanía ciudadana un eje de radicalidad política en el debate europeo y desplegar una cascada de medidas democratizadoras de la Unión Europea que dibujen sobre su mapa institucional una auténtica revolución. Y, paralelamente, salir al encuentro de esa memoria viva de las luchas sociales europeas –que mucho tienen que ver con la tradición antifascista, algo por cierto de necesaria puesta en valor hoy en día frente a movimientos emergentes de extrema derecha- generando un europeísmo de identidad rebelde y raíces populares.

Y todo ello, sin perder la perspectiva de orgullo y solidaridad de los pueblos de la periferia meridional europea. Me parece fundamental que seamos conscientes de que sólo la unión y coordinación efectivas de las alternativas que se articulen en Grecia, Portugal, Italia y España harán posible encarnar un pulso creíble y sólido a la ‘realpolitik’ actual de la Unión Europea. Hemos de abanderar la causa de ‘Sudeuropa’ como concepto de lo que nos jugamos.

Y hasta aquí por hoy. En una tercera y última entrega me referiré más concretamente a propuestas sobre cómo articular ese proceso de acumulación de fuerzas que cristalice en un Polo democrático y alternativo en el Estado español ante las elecciones europeas de 2014.

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  • Estoy de acuerdo contigo en prácticamente todo lo que dices, de hecho, mi reflexión puede verse en el mismo sentido, claro que, visto desde el punto de vista del nuevo paradigma para los Estados, la tan traída y llevada GOBERNANZA MULTINIVEL, puede que estas vicisitudes sean las propias del desarrollo consciente y programado de lo que se entiende como mecanismos paulatinos de toma de decisiones a medida que se van dando los acontecimientos. Es muy poco creíble que la gente que tiene en su mano tomar esas decisiones, lo haga tan caóticamente, de manera improvisada.
    Nadie puede tener la certeza de lo que va a ocurrir en un futuro. Para solventar este proceso histórico de la integración europea con éxito, deberán articularse medidas en muchos frentes. Frente económico, político, social, etc.
    En conclusión, a mi entender, dichos frentes deberían tener como objetivos básicos dos aspectos o ejes principales de actuación, en general:
    1º) Aprovechar la crisis económica para aprender del pasado, haciendo posible un nuevo modelo económico que prime los aspectos de la sostenibilidad y el desarrollo de sectores que incorporen valores añadidos, no especulativos. Eso incluye una regulación (concepto incluso utilizado por los liberales sensatos) de los sectores financieros, que los coloquen al servicio de la economía común de las personas, no al servicio de los intereses privados exclusivamente.
    2º) Avanzar definitivamente por la implicación democrática de la población de los países europeos, con un nuevo impulso hacia la concienciación de la ciudadanía europea, con sus derechos y obligaciones respecto a sus representantes políticos. Esta cuestión es ya un clamor en muchos de los países, sobre todo en los castigados por las medidas más duras de ajuste. No se puede querer construir un espacio de integración de Estados soberanos, al margen de sus legítimos detentadores de esa soberanía, al margen del sistema de gobierno que tengan cada uno de ellos. Es una irresponsabilidad colosal que la gente, tarde o temprano, hará pagar a sus dirigentes.

    Rafael

    09/04/2013

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