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Historia de un destierro

Eran necesarias todas las cajas del mundo para aquella mudanza.

Poco tiempo le dieron para clasificar y guardar los recuerdos de casi cuatro décadas, para empaquetarlos con mucho esmero y, sobre todo, paciencia. “Paciencia es lo que me va a sobrar a partir de ahora, si es que la paciencia sobra alguna vez”, se dijo mientras se lavaba las manos y componía la imagen abstracta de su reflejo en el tambor de latón que, colgado de la pared, expendía las toallas de papel. “De paciencia, paciente. Ahora voy a ser un paciente más”, trató de sonreír con uno de sus chistes malos que ni a él hacían gracia y con los que, sin embargo, se había ganado la simpatía del ala este de la tercera planta a lo largo de tantos años.

Muchas veces había imaginado su jubilación como un momento esperado, una meta merecida tras su intensa y prolongada carrera. Hacía unos seis meses que le rondaba la cabeza la idea de iniciar los trámites, pero algo le retuvo como un potente imán: el abrazo fraternal de sus compañeros y compañeras más jóvenes, que le removieron la memoria y los afectos y lo reencontraron con las inquietudes que le habían llevado a ser médico. La “marea blanca”, con su bandera clavada en el corazón de lo común, le había inyectado unas ganas de luchar que ni siquiera conoció en su juventud aquel estudiante de Medicina con el miedo a meterse en política incrustado en el tuétano. Todo aquello que se había expandido de manera paralela al desarrollo de su trayectoria profesional, parecía desmoronarse. No, desmoronarse no: había sido asaltado. La privatización de la sanidad pública, en la que llevaba ejerciendo treinta y nueve años, parecía un hecho consumado en mitad del desánimo provocado por la crisis. Y de repente, las batas blancas se amotinaron y plantaron cara. Y con los y las profesionales de la sanidad, sus pacientes. La ciudadanía. Y él, a sus 66 años, sintió el cosquilleo de los valientes: el de no querer arrepentirse de no haber hecho cuanto estaba en su mano, de haber mirado para otro lado.

La víspera del puente de mayo, el jefe de personal le entregó al internista del hospital Gregorio Marañón una carta en la que, con palabras parcas y asépticas, la Comunidad de Madrid daba por concluida su dedicación a la función pública. Su destierro forzoso, junto al de otros setecientos de los más experimentados profesionales de la sanidad pública madrileña, volvía a presentarse como una necesaria medida de ahorro.

Eran necesarias todas las cajas del mundo para aquella mudanza, aunque ni en todas las cajas del mundo hubieran cabido sus ganas de no mirar jamás hacia otro lado. De seguir luchando. Hay batas blancas que, aunque se cuelguen a la fuerza, se llevan puestas toda la vida.

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