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Recortar o ensanchar la democracia: he ahí la cuestión

Lo del Partido Popular es alarmante no tanto por la impostura de llevar dos años ya en el Gobierno central y haber hecho todo lo contrario a lo que dijo Rajoy que haría con la educación, la sanidad, la dependencia o las pensiones; lo que de verdad hace encenderse todas las luces rojas de alerta es cómo la crisis no es sólo una excusa para imponer una agenda neoliberal asfixiante, sino la coartada perfecta para emprender una revisión a fondo de la arquitectura del Estado y de los consensos políticos y sociales de la Transición, una vez contrastado que las goteras están inundando el tópico de la modélica democracia española.

El Gobierno de Rajoy no es sólo un diligente esbirro de la Troika. Su hoja de ruta es la de poner patas arriba el Estado social y los lugares comunes de nuestra convivencia en un relato de continuo sacrificio por el bien de la modernización y regeneración del país. El resultado, una ‘restauración’ conservadora a base de reformas parciales de fuerte sesgo autoritario y antisocial. Lo vemos claramente en los últimos ejemplos de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana que otorga poderes parapoliciales a los vigilantes privados, en el recurso de inconstitucionalidad del Gobierno a la ley anti-desahucios andaluza, o en la reforma de la administración local con la que se pone en riesgo la capacidad de los ayuntamientos de responder a los problemas cotidianos de la gente y prestar servicios públicos básicos, y de la que por cierto escribí hace unas semanas en Público junto a mi compañero Pedro Del Cura.

imagesCAG3HDI2No estamos, pues, sólo ante una escalada de recortes sociales o de golpes de pecho del partido de derechas en el gobierno. Estamos ante un asalto encubierto a la soberanía ciudadana, ante una estrategia clara para estrechar la democracia en un momento en que los pilares fundamentales que la han hecho formalmente reconocible y reconocida en nuestro país son objeto de un fuerte cuestionamiento social. Y todo ello en mitad de un cambio de paradigma cultural respecto a la política, que se manifiesta como crisis de representatividad pero también como el sueño inexacto de un punto de inflexión.

Pero quedarnos en señalar lo evidente sólo conduce a la melancolía. Recortar la democracia es el objetivo inconfesado de los salvaguardas de un régimen desfasado. Y sin embargo, ¿qué podemos hacer para ensancharla, para dar respuesta no sólo a las demandas ciudadanas de mayor transparencia, participación y control democrático de la política, sino a la realidad contrastada de unos hábitos de participación y representación de otro tiempo? Es verdad que poner el acento en el tópico del ‘descrédito de la política’ obviando el problema de raíz, el gobierno ilegítimo de intereses económicos de una minoría a la que nadie ha elegido, sólo conduce a la demagogia. Pero, si desde las organizaciones de izquierdas y las instituciones donde éstas tienen capacidad de decidir se favorecen espacios y mecanismos de redistribución en un sentido horizontal del poder político, ¿no se estarían generando condiciones objetivas para el empoderamiento ciudadano, y por tanto, para la reconquista de la soberanía secuestrada por la impostura neoliberal? Frente al recorte drástico en democracia del siglo XXI, cada vez sirven menos las respuestas del siglo XX (por no decir XIX). Si sólo aspiramos a ser un cordón sanitario, adoptaremos una posición en verdad muy conservadora, y perderemos la batalla. Si reivindicamos y ejercemos la iniciativa de pensar cómo ha de ser un mundo justo a fecha de hoy y para mañana, estaremos empezando a ganar.

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