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¿Qué hacemos nosotros contra la violencia de género?

Perdonen que parafrasee a Neruda y que descontextualice, alterándolo, uno de sus versos más célebres para dotarle de otro significado, pero no puedo evitarlo: sucede que me avergüenzo de ser hombre. Un verano como el que hemos vivido, superando en los meses de julio y agosto la veintena de víctimas de asesinatos machistas –entre mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas masculinas y otras víctimas como amigas, novios o hijos e hijas-, sería motivo más que suficiente como para trascender de los titulares y los breves reportajes de actualidad en el telediario. Por desgracia, no dejo de tener la sensación de que estos frecuentes episodios han pasado a formar parte del triste paisaje sin que saquemos ninguna conclusión efectiva más allá de la condena instintiva que nos brota de la humanidad que aún nos queda y de la vergüenza forzada por lo políticamente correcto.

Conviene que no evitemos esa mirada al otro lado del espejo que nos interpela: ¿qué hacemos nosotros, sí, nosotros, los hombres, contra la violencia de género? ¿Qué hacemos nosotros, los hombres que jamás le hemos levantado la mano a nadie? ¿Los que tenemos asumido en líneas generales un discurso igualitario y jamás podríamos defender posiciones que señalan expresamente una supremacía de los hombres sobre las mujeres? ¿Es suficiente? Creo que no somos conscientes de que lo significa la violencia de género por debajo del estruendo de los golpes, las puñaladas o la gasolina prendida: lo que supone como expresión de un sistema muy enraizado de dominación y discriminación.

Sucede que me avergüenzo de haber callado más de una y dos veces ante un supuesto chiste cuya única gracia reside en un cliché machista. Sucede que me avergüenzo de haber participado en severos escrutinios entre amigos y amigas sobre si la exigua baja por maternidad que había tomado aquella ministra o presidenta autonómica suponía un desprecio a los derechos conquistados por las mujeres… mientras que en ese mismo grupo de amistades jamás suscitó debate alguno que ni un solo ministro o presidente autonómico haya disfrutado de su baja por paternidad. ¿Sólo las mujeres deben tener una actitud ejemplarizante ante los cuidados familiares y domésticos? Sucede que me avergüenzo de no haberle dicho un sonoro “Imbécil” -porque a veces no queda más remedio que llamarle a las cosas por su nombre- al imbécil que incomodó esa vez a aquella chica en el metro en hora punta disparándola “piropos” babosos. Sucede que me avergüenzo de cada tertuliano que en nombre de “los hombres” frivoliza con la violencia de género inventándose estadísticas de hombres asesinados por ‘ellas’. Y sucede que, como cargo público, me avergüenzo de las instituciones de este Estado que ignoraron a nuestra vecina Ángela González y sus más de 30 denuncias a su ex marido, incurriendo en una negligencia evidente que se saldó con el asesinato de su hija; me avergüenzo de unas instituciones que, doce años después, desoyen la responsabilidad que tienen en ello.

La violencia de género se ha cobrado ochocientas vidas en España –que sepamos oficialmente- desde 2003. Es responsabilidad de todas y todos, pero sobre todo de nosotros, los hombres que aún tenemos la vergüenza de avergonzarnos, poner fin a ello en cada ámbito de nuestra vida. Como cargo público lo asumo como prioridad, en mis actitudes y en el compromiso con las políticas públicas que además de remover la desigualdad, no dejen de interpelarnos, de incomodarnos en la inercia de siglos. Mientras no sepamos contestar con la contundencia y la concreción exigible a esa pregunta de qué hacemos contra la violencia de género, la respuesta sólo podrá ser que no hacemos lo suficiente.

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  • Estimado Curro:

    Solamente quiero darte las gracias. Gracias por sembrar este granito de dignidad. Lo que dices es lo que espero de todos los hombres no sexistas, pero parece que andan dormidos, creen que esto es asunto de mujeres y no se dan cuenta de que con esa actitud están contribuyendo al mantenimiento de la situación.

    He sentido la necesidad de escribirte para decirte gracias. Gracias, porque vamos en el mismo barco.

    Saludos

    Amparo

    10/10/2015

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