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¿Sólo un problema de fundamentalismo religioso?

La violación sistemática de derechos humanos en países con regímenes identificados como fundamentalistas islámicos suele reducirse -en los ‘análisis’ de los medios de comunicación o las conversaciones de café- a un problema de integrismo religioso, que de alguna manera establece una brecha de civilización y tolerancia entre “el mundo islámico” y las sociedades occidentales, de raíz cristiana aunque fuertemente secularizadas. Lo he comprobado con el aberrante caso reciente de Arabia Saudí. Es evidente que en dichos países se tortura, persigue y asesina en nombre de la fe, en este caso islámica, como es evidente que la concepción oficial que predican de esa fe es un rosario (con perdón) dogmático de odios y exclusión.

Pero el problema de la instauración de auténticos regímenes del terror en estos países no tiene que ver con que “el mundo islámico” sea así. No sólo porque esa generalización sea injusta (que en parte lo es, puesto que hay muchas y muy diversas manifestaciones de la fe islámica, aunque cabe preguntarse si la religión islámica -como el resto de religiones digamos institucionalizadas- es intrínsecamente proclive a la persecución de lo que entienden “disidente” o contrario a su doctrina), sino, sobre todo, porque dejarlo ahí es plantear una lectura poco rigurosa y crítica con las relaciones de poder del mundo en que vivimos. Es muy cómodo quedarnos en que si en Arabia Saudí han ejecutado a 47 personas es porque “los moros son así de bárbaros” (en términos de ‘cuñadismo’, si se me permite). Sin embargo, si es eso ocurre y pasa sin pena ni gloria en cuanto a reacciones internacionales, es porque el poder real político y económico en Arabia Saudí se vale de la inspiración religiosa para desplegar sus mecanismos de control sobre su sociedad. Se trata de una dictadura sanguinaria que, como todas, despliega todo un entramado institucional basado en el miedo y la amenaza para someter al pueblo a los intereses económicos de su oligarquía. La familia real saudí es la punta de una pirámide de negocios suculentos, como bien saben las grandes empresas españolas, nuestra propia familia real o hasta Felipe González. Hay muchos intereses en juego, y como en este caso van en la misma dirección que los intereses económicos de quienes gobiernan nuestras vidas -el IBEX35 y afines- y de quienes generan las corrientes de opinión hegemónicas en los medios, la coacción y el crimen de Estado del fundamentalismo saudí no sólo no merecen airadas condenas públicas o decisiones diplomáticas de calado, sino que son males menores, pequeños daños colaterales, para que el mundo siga andando y sus cuentas corrientes y abultados patrimonios y carteras de inversión, engordando.

Las sociedades occidentales hemos vivido un proceso de secularización que no ha surgido de la nada: es fruto de una trayectoria histórica entroncada con los valores de la Ilustración y forjada con luchas de todo tipo en favor de la mayoría social. El laicismo no es sólo la reivindicación de la ausencia de imposiciones de ninguna moral particular en la esfera pública, es el compromiso contra las injerencias de intereses de parte sobre el interés general. El cinismo en que vivimos inmersos alcanza cotas vergonzosas cuando los poderes económicos europeos (la banca alemana y su teatro de títeres), los gobiernos de la UE y todo el poderío económico, militar y geopolítico que supone Estados Unidos, alientan y promueven expresiones del fundamentalismo islámico que son en verdad instrumentos para el despliegue de planes que poco tienen que ver con lo religioso, planes que además de paso impiden -por el fomento que hacen del auge del fundamentalismo- que el avance de movimientos y corrientes de opinión progresistas y laicistas en esos países sea perseguido e imposibilitado.

Porque las expresiones de las organizaciones formales de las tres grandes religiones monoteístas y sus jerarquías siempre tenderá al fundamentalismo; y siempre han corrido parejas al despliegue de poder económico y político al servicio de intereses particulares muy concretos que no son coincidentes con los intereses generales. Si de estas jerarquías dependiese, el mundo sería estrecho y monocolor, sometido a su exclusiva interpretación. No hay más que leer las declaraciones del arzobispo de Toledo y del obispo de Córdoba de la semana pasada, auténticas apologías de la violencia de género y la misoginia.

Por fortuna para nosotros y nosotras, la diferencia es que en España el arzobispo de Toledo y el obispo de Córdoba -muy probablemente a su pesar- no dictan leyes ni imparten la justicia. Pero nuestro gobierno consiente que eso, impensable en España, sea el pan de cada día en Arabia Saudí y en otros países islámicos, incluso algunos que no son “amigos” de nuestros “intereses nacionales” pero en los que, a través de la actuación de grandes empresas españolas o de la intervención de la OTAN, no hemos tenido problemas en alimentar el fantasma del fundamentalismo en una lógica fallida de “cuando peor, mejor”. No se trata, pues, de que “el mundo islámico” funcione así. Funciona así el mundo en general. No hay un problema, por un lado, de fundamentalismo islámico y por otro, de sucios intereses económicos y geopolíticos. El problema del fundamentalismo islámico y su peso político hoy es parte del otro problema. Del que casi nadie habla.

 

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