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Recortar o ensanchar la democracia: he ahí la cuestión

Lo del Partido Popular es alarmante no tanto por la impostura de llevar dos años ya en el Gobierno central y haber hecho todo lo contrario a lo que dijo Rajoy que haría con la educación, la sanidad, la dependencia o las pensiones; lo que de verdad hace encenderse todas las luces rojas de alerta es cómo la crisis no es sólo una excusa para imponer una agenda neoliberal asfixiante, sino la coartada perfecta para emprender una revisión a fondo de la arquitectura del Estado y de los consensos políticos y sociales de la Transición, una vez contrastado que las goteras están inundando el tópico de la modélica democracia española.

El Gobierno de Rajoy no es sólo un diligente esbirro de la Troika. Su hoja de ruta es la de poner patas arriba el Estado social y los lugares comunes de nuestra convivencia en un relato de continuo sacrificio por el bien de la modernización y regeneración del país. El resultado, una ‘restauración’ conservadora a base de reformas parciales de fuerte sesgo autoritario y antisocial. Lo vemos claramente en los últimos ejemplos de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana que otorga poderes parapoliciales a los vigilantes privados, en el recurso de inconstitucionalidad del Gobierno a la ley anti-desahucios andaluza, o en la reforma de la administración local con la que se pone en riesgo la capacidad de los ayuntamientos de responder a los problemas cotidianos de la gente y prestar servicios públicos básicos, y de la que por cierto escribí hace unas semanas en Público junto a mi compañero Pedro Del Cura.

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¿Qué antipolítica?

Hay algo más alarmante aún que las porras y las pelotas de goma con que la Policía de Cristina Cifuentes está tratando de dejar las calles de Madrid limpias de protestas. Me inquieta el regusto de cinismo con el que se alerta de la “mala imagen” de España  que las movilizaciones proyectan en el extranjero, y Mayor Oreja asociando la cobertura informativa de las mismas y la represión con la incitación a que crezca la contestación social. Y esas declaraciones del presidente Rajoy apelando a la “mayoría silenciosa” que respalda sus medidas. Hay en todo ese relato oficial un giro de tuerca: la represión como sintaxis y la incitación al miedo como estilo. Calladitos estamos más guapos.

Las movilizaciones prendidas a propósito del 25S fueron acogidas con muchas reservas en ámbitos de la izquierda, el activismo alternativo y los movimientos sociales, por su fácil encasillamiento en la deriva emergente de la ‘antipolítica’, ese sablazo de generalidades a la medida del populismo conservador. Y sin embargo, lo que no hemos querido ver desde hace tiempo es que la antipolítica ya está aquí. Es ya un hecho en las conversaciones a pie de calle, de autobús y de barra de bar: el descrédito hacia la “clase política” como “el problema” es una realidad que merece ser matizada, pero una realidad ganada a pulso en muchos casos y ante la que la izquierda con presencia en las instituciones no puede actuar con un resorte defensivo. More…

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