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La responsabilidad de ser irresponsables

No era broma, no era un chiste, no iba de coña… El PSOE ha decidido, además de responder a la crisis tarde, mal y con el ‘márketing’ deslucido desde el Gobierno central, dejar de hacer Política allí donde está en la oposición. Las y los madrileños deben saber que el PSM de Tomás Gómez, el hombre que no tiene sexo, no va a votar contra los Presupuestos de Esperanza Aguirre, esos presupuestos con los que se va a privatizar la gestión sanitaria pública de la región, con los que se va a priorizar la enseñanza concertada sobre la pública, con los que se van a recortar las aportaciones autonómicas a programas de vivienda conveniados con Ayuntamientos, con los que se va a congelar el mantenimiento de la red de Metro, con los que va a reducir un 47% los recursos de las universidades públicas
En un alarde de malabarismo que despista a cualquiera, el PSOE, también en Madrid, será “responsable” y no pondrá la zancadilla a aquellos gobiernos que no son de su color político para que éstos saquen adelante sus cuentas y afronten así la crisis.
Bien. De ahí se entiende que para el PSOE da igual un presupuesto u otro, y le da igual que por la vía de los números, en la Comunidad de Madrid, la factura de la crisis la vayan a pagar quienes no la han generado. Dice Gómez que su Grupo en la Asamblea votará a favor u optará por la abstención, y lo hará “con la nariz tapada” para “generar seguridad y confianza en los mercados”. Y a la ciudadanía madrileña, a la mayoría social de la Comunidad de Madrid, a sus trabajadores y trabajadoras, lo que les genera es un mensaje bien claro: si quieren seguridad y confianza, que la busquen en otro lado.
Esta decisión del PSOE que el líder del PSM no sólo acata, sino que defiende, es una auténtica burla a la democracia. No sé qué pensarán aquellos y aquellas votantes del PSM que optaron en las elecciones autonómicas por una política, cuando menos, diferente a la que ahora plasmarán esos presupuestos.
¿Era esto el voto útil?

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Matt González for Vicepresident

Al cuerno con Obama y McCain, al diablo con Biden y con Palin, si fuese estadounidense votaría al candidato independiente de izquierdas Ralph Nader, porque, a parte de sentirme políticamente más afín a su trayectoria y a sus propuestas, tiene en su tándem electoral como vicepresidente a Matt González un abogado que hizo historia al convertirse en el primer candidato del Partido Verde en entrar a la Junta Municipal de San Francisco -ciudad en la que luchó por la Alcaldía- y que ha vuelto a hacerla al ser el primer candidato hispano en una fórmula presidencial. Pero es que además, y perdónenme la licencia de frivolidad en este lluvioso día otoñal, González, que es -como Nader- amigo mío en el Facebook-, tiene un atractivo especial. Vamos, que es bien parecido. Vamos, que como dirían mi abuela o mi amigo Kike, está jamón pa un tropezón.
¿…O no?

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El papelón de Powell

No me ha sorprendido mucho el apoyo que Colin Powell ha manifestado hacia Obama, aunque hay que reconocer que ha venido a ser el clímax de esa especie de ‘obamamanía’ que, según nos cuentan los medios, está recorriendo Estados Unidos. No se trata del fantasma del comunismo del que hablaban Marx y Engels, ni mucho menos, pero, llegado este punto, habrá hasta que dar las gracias con la que está cayendo. Yo no creo que McCain y Obama sean lo mismo, de la misma manera que no creo que el PP y el PSOE lo sean -y me baste con hablar medio minuto con un militante de base cualquiera de los dos partidos para darme cuenta-, aunque a la vez esa percepción me confirma que yo no podría estar en el PP ni en el PSOE, ni votar a McCain ni a Obama. Pero no, no quería yo hablar en este post de mi candidato en estas presidenciales norteamericanas, que eso ya lo hace habitualmente y con mucho tino Millares.

Hablaba, perdonen ustedes la divagación, de que el salto a la palestra de la obación al candidato demócrata por parte de Colin Powell, no me ha generado en sí mismo mucha sorpresa. Lo que sí que me ha chocado ha sido el tratamiento mediático general en nuestro país a este tema: no tanto por la pompa y circunstancia con que nos han contado la vibrantísima intervención televisiva de Powell, sino por el retrato que han hecho del personaje. Hasta en la Ser o El País, medios que criticaron abiertamente la ocupación de Irak de 2003, se nos ha presentado a Colin Powell como un corderito bondadoso en la corte de Bush… Vamos a ver, para empezar, si así fuese, ¿qué narices de sorprendente e inesperado tendría su apoyo ahora a Obama? Y he leído en el progresista Público, en su edición impresa de hoy (soy un torpe, no he encontrado la cita en la edición digital) la siguiente breve reseña de Powell:

El ex general fue secretario de Estado durante el primer mandato de George Bush. Le tocó el triste papel de presentar el informe para justificar la invasión de Irak en la ONU.

“Le tocó el triste papel”… Caramba. Pobre Powell. Un poco de seriedad, por favor: una cosa es que fuese lo más moderado que ha pasado por un gabinete de Bush y otra cosa bien distinta es que ahora resulte que era un simple mandao, que no tenía nada que ver con aquellas batallitas, que tuvo que tragarse aquel sapo… En fin. Apoye a quien apoye, y vaya a votar a quien vaya a votar, Colin Powell seguirá siendo el general que dirigió la primera intervención estadounidense en el Golfo y que se plantó ante las Naciones Unidas para interpretar, bien conscientemente -no le ‘tocó’, no se le eligió por sorteo-, el papelón de la mayor impostura bélica de la historia mundial reciente. Si algún día acabasen sentados en un tribunal los responsables de aquello, no creo que Powell fuese llamado a declarar como simple testigo. Aunque igual le contrata la defensa: total, en defender lo indefendible, tiene experiencia.

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Juan José Güemes, mártir

Anda Esperanza Aguirre con la antena encendida, y la desconfianza a flor de piel, ante el ejercicio de libertades varias por parte de trabajadores y trabajadoras de la sanidad pública madrileña: ahora parece que sindicarse, emitir una opinión o manifestarse suponen actos cuestionables, sospechosos, dignos del reojo y la estigmatización. No se entiende, si no, que ante las protestas que levanta la política sanitaria de la Comunidad de Madrid, su única respuesta sea la de tratar de desacreditar por esas vías a quienes hacen la crítica, sin entrar a rebatir con argumentos el contenido de la misma.
Veamos. Lleva Juan José Güemes, consejero de Sanidad, unos meses en que se encuentra allá donde va a trabajadoras y trabajadores sanitarios que manifiestan su oposición a la privatización de este servicio público esencial en la Comunidad de Madrid. Lo primero que uno interpreta de estos actos que en las últimas semanas se han ido intensificando no tiene nada que ver con las protestas en sí, si no con la agenda del propio Güemes: la de centros hospitalarios que visita, oigan, la de paseos con que cubre su jornada. Debe de ser que, como queda poca Sanidad pública que gobernar, tiene que justificarse el sueldo de alguna manera y trata de dar la imagen de hombre pegado al terreno de su gestión. A partir de ahí, claro, no es muy agradable que te recuerden allá donde vas que estás dando gato por liebre, o que el año que llevas al frente de esa Consejería es equivalente a la irrupción de un elefante en una cacharrería.
La Comunidad de Madrid contraataca, y anuncia que va a coger carrerilla judicial: así, pide a la Fiscalía del Tribunal Superior de Madrid que investigue “los ataques” que recibe el Consejero, y la respuesta fiscal es la de archivar el asunto. Entonces, claro, Esperanza y su Ejecutivo no pueden quedarse de brazos cruzados, y se sacan de la chistera un vídeo de una protesta a Güemes en la que señala (en una sobreimpresión, todo hay que decirlo, de lo más cutre) con nombres y apellidos a algunos de los manifestantes, a los que “destapa” (en un ejemplo de periodismo de investigación algo desactualizado) como representantes sindicales. Y yo me pregunto, ¿en que momento “representante sindical” ha sido recogido por la RAE como acepción de “delincuente”?
Al pobre Juan José Güemes, como al mártir San Manuel Blanco que creara Miguel de Unamuno, se le ha fundido alguna bombilla de su buena estrella y le tormenta la idea de que Dios le haya abandonado. Pero ésta no es una cuestión de designio divino o de casualidad, sino de refranero. Ya saben: de aquellos polvos, estos lodos. La Comunidad de Madrid ya no oculta sus ansias de privatización en la excusa coja de “modernizar la gestión” o de “dinamizar” el servicio (¿perdón?), sino que directamente habla del sistema sanitario de todos los madrileños y madrileñas como de una “oportunidad de negocio” para grandes inversores. Y, mientras, en el plano laboral del personal sanitario, se ha entregado a la cerrazón y etiqueta a los legítimos representantes de las y los trabajadores de “correas de transmisión” de la oposición de izquierdas. Pero no dice que ha roto el diálogo normalizado, que está recortando plantillas, que no cumple con acuerdos firmados la anterior legislatura por otro consejero pero del mismo partido, o que no se toma en serio la negociación colectiva, una de las bases de nuestra democracia en el ámbito de los derechos sociales.
Es importante hablar de esto: de lo que nuestro mártir y el Gobierno del que forma parte no quieren hablar. Es importante, y urgente, para que el Dios de la privatización y la subasta especuladora abandone nuestra Sanidad pública.

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Manos arriba…

…Esto es un atraco.


CONCENTRACIÓN
Contra la privatización de la Sanidad Pública
23 de Septiembre 08, 18:30H
Plaza de la Lealtad 5 -Neptuno
(frente al Hotel Ritz)

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Facturas

Para cuando el gobierno se atrevió a pronunciar la palabra ‘crisis’ -o quizás fuese un lapsus, pero finalmente el gobierno la dijo- el follón era tremendo. Una crisis, es verdad, condicionada por una coyuntura económica global determinada, pero que no dejaba de propiciar la afloración de graves problemas estructurales de la economía española, y su modelo de desarrollo especulativo insostenible. Esa falta de reflejos era en verdad una falta de voluntad de hacer las reformas necesarias, no las que se medio anuncian en nombre de la ‘flexibilidad’ y que esconden precariedad y más de lo mismo, sino las que deberían apuntar a más redistribución de la riqueza y más sostenibilidad ambiental.

Al final, la crisis la acaban pagando quienes están más afectados por ella… que es lo que empieza a pasar tras un verano que empezó con la ministra Cabrera dejando caer que la situación económica “podría influir” en el desarrollo de la Ley de Dependencia, y que termina con Solbes recortando el dinero de las Haciendas locales, algo insólito tras treinta años de ayuntamientos democráticos. Que la factura de una crisis que podría haberse -cuando menos- amortiguado si el Gobierno hubiera dado pasos efectivos para ello en la anterior legislatura, terminen pagándola las administraciones más cercanas a la ciudadanía -y más asfixiadas económicamente- es una falta de respeto y de corresponsabilidad que va más allá de la actual coyuntura y sitúa a este Gobierno en las antípodas del municipalismo. Ah, y eso no es, no, nada progresista.

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El encanto del color fucsia

En plena campaña electoral, el pasado marzo, paseaba por el centro de Madrid con unos amigos y, junto al Teatro Real, nos topamos con un mitin callejero de UPyD. No estaba Rosa Díez, pero sí Álvaro Pombo y Fernando Savater. Y, sobre todo, estaba un conocido al que hacía mucho que no veíamos. Como nos conocíamos de ambientes militantes muy diferentes al de UPyD, nuestra sorpresa fue mayúscula. Nos chocó ese ‘viraje’, y a él le incomodó visiblemente encontrarnos. Intercambiamos cuatro frases algo inconexas…

-Qué estupendo ese color tan fucsia -le comentó uno de mis amigos.

-Sí -contestó él -: es lo mejor que tiene el partido, el color.

Tal cual, no es broma. Esa fue su respuesta. Nos despedimos cordialmente, y ahí quedó la cosa.
Esta tarde, al leer una noticia sobre las preguntas registradas por Rosa Díez en el Congreso interesándose por las “patentes ilegalidades”, según ella, en el nombramiento de la directora del Centro de Investigaciones Sociológicas, y sin enterarme mucho más de qué iba la vaina, he tenido un puntito de esperanza. No sé si Rosa Díez tiene o no motivos para pensar que tal nombramiento ha sido ilegal, pero por un momento he querido creer que la ex eurodiputada del PSOE dedicaba su tiempo y su sueldo a algo más que al temazo por el que se ha hecho tanto hueco en los medios de comunicación ultraconservadores: el “todo es ETA” y su nacionalismo español recalcitrante.
Mi gozo en un pozo. En la página web de su partido, según he podido consultar, la inmensa -inmensísima- actividad parlamentaria y política de esta mujer sigue ocupada por estas cuestiones. ¿Alguien sabe qué opina Rosa Díez, que durante 8 años ha ocupado un escaño en el Parlamento europeo, de la subida de la semana laboral máxima a 65 horas? Por lo visto, nada.
¿Alguien sabe qué piensa esta diputada por Madrid del deterioro de servicios públicos en esta Comunidad Autonónoma, que últimamente está encontrando grandes respuestas de movilización social? Por lo visto, nada.
¿Alguien sabe qué política educativa defiende Rosa Díez más allá de su obsesión con la supuesta discriminación del castellano en comunidades con lenguas propias? Por lo visto, ninguna.
No me extraña que hasta sus militantes y voluntarios de campaña lo tengan así de claro: el color fucsia es lo mejor que tiene el partido. No sé si es poco… ¿pero, es suficiente?

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¿Dónde hay que firmar?

Entro, como de vez en cuando acostumbro porque hay que leer de tó, en Libertad Digital y me encuentro en la portada con una noticia en la que se acusa a Elena Valenciano, secretaria de Relaciones Internacionales del PSOE, de “mofarse de la Fe católica”. Alucinante. Resulta que un arzobispo puede opinar de lo humano, en este caso desautorizando moralmente los cuidados paliativos con su visión particular del dolor de Cristo, y luego una humana cualquiera, en este caso ciudadana de un país -con sus más y sus menos- democrático, y recién electa diputada por unos cuantos miles de madrileños, no puede rebatirlo.
Esto me recuerda a un comentario que he tenido en una entrada reciente, en el que un valiente anónimo me acusa de “haber perdido el respeto a todo ni dios ni ley”, situando al mismo nivel la creencia particular en una divinidad con el concepto de ley que, en una democracia, es una norma de convivencia emanada de la voluntad y la soberanía popular. Por supuesto, estas acusaciones son siempre salidas por la tangente, huidas hacia adelante incapaces de confrontar con argumento alguno. No merece la pena, pues, ni intentarlo.
Los liberalpinochetistas de Libertad Digital hacen sonar su carraca una vez más. Bendita libertad de expresión, desde luego, que les ampara. Pero que no nos hagan comulgar ni con ruedas de molino ni con nada. Antes que eso, prefiero sumarme a la apreciación de Elena Valenciano. ¿Dónde hay que firmar?

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Un millón de gracias

La extraña amalgama de sensaciones que vengo experimentando estos días me lleva del cabreo a la melancolía, de la melancolía a la resignación, de la resignación a la desgana, y de la desgana a la ilusión en un ‘chute’ francamente agotador. Mucho se ha dicho desde el domingo de los resultados electorales, y muchas lecturas y relecturas se están haciendo de los datos concretos de una organización política, Izquierda Unida, la mía, que ha perdido trescientos mil votos y que tiene que contentarse (sic) con dos escaños, que le salen al módico precio de casi medio millón de votos cada uno.

En mis conversaciones con compañeros y compañeras, y con la familia, así como en las diferentes interpretaciones que ojeo por I Love IU, se cruzan impresiones muy interesantes que aportan diferentes perspectivas necesarias y constructivas. Hay otras interpretaciones, que de constructivas no tienen nada. Pero no voy a referirme, ahora mismo, ni a unas ni a otras.

Tampoco quiero referirme, que está ya muy dicho y redicho, al clima bipartidista, a la deslealtad con que el PSOE nos ha tratado en la campaña, o a la injustísima Ley Electoral. Ni voy a dar guerra con el giro a la derecha que ZP ha decidido emprender, ya confirmado con su llamada a los nacionalismos conservadores para asegurarse la investidura.

Ahora, y en la línea de lo que decía mi amigo Sergio en su blog, quiero acordarme del casi millón de personas que han votado a Izquierda Unida.

Hay en el Estado español un millón de personas que no se han dejado cambiar el juego, y que han sabido que -como ha quedado demostrado en Sevilla, Valencia o Madrid- que con su voto la izquierda, IU, ha estado a punto de obtener un diputado más arrebatándoselo al PP.

Y lo más importante: hay un millón de personas que han votado para que el salario mínimo supere los 1.000 euros. Y para que el Estado no expenda cheques asistencialistas que cada cual gaste en el salvaje mercado, sino para que haya servicios públicos de calidad. Y para forzar un gobierno en el que su Presidente se sonrojase por no haber pronunciado ni una vez la palabra “pública” al hablar de Educación (como hizo ZP en su segundo debate con Rajoy). Un millón de personas que han votado para que las mujeres decidan libremente sobre su cuerpo y su maternidad de manera efectiva y sin tutelas, sino con una Ley de Plazos y dentro de la red sanitaria pública. Un millón de personas que han votado para renegociar los Acuerdos con el Vaticano en términos de avanzar hacia la laicidad. Un millón de personas que no quieren que la edad de jubilación se retrase y que apuestan por trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Un millón de personas que quieren que haya una Ley Integral Contra la Homofobia y la Transfobia. Un millón de personas que exige un calendario concreto de cierre de las centrales nucleares. Y un millón de etcéteras…

…Un millón de personas que saben que la mejor manera de parar a la derecha no es sólo “contenerla”, y que eso de poco sirve si no se llena de contenido desde la izquierda…

Ahora IU, haga lo que haga, tiene que hacerlo mirándose en ese espejo de un millón de votantes. Se inicia ahora un proceso que puede que sea, internamente, doloroso. Pero estamos también en un punto de no retorno. Echemos toda la carne en el asador y no nos pongamos zancadillas. Desde este blog y desde mi militancia diaria, contribuiré de manera sana, honesta y constructiva al debate que tenemos por delante. Creo que ésa es la mejor manera que tenemos de sumar… y de darle las gracias a ese millón de personas que querían Más Izquierda.

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Por el derecho a las mujeres a decidir sobre su cuerpo y su maternidad

He estado hace un ratillo debatiendo en una tertulia en la emisora madrileña de Punto Radio con un joven del PSOE y una joven del PP, y, claro, ha salido el tema del aborto y la ofensiva emprendida por sectores ultraconservadores de criminalización de profesionales sanitarios/as y mujeres. Y, una vez más -qué pereza- se han puesto a tirarse titulares a la cabeza, convirtiendo el asunto en una peleíta bipartidista en la que lo de menos es de qué se está hablando. Cuando esto se hace sobre las decisiones políticas del día a día, ya jode bastante porque es como darse cabezazos dialécticos contra la pared. Pero cuando sucede al hablar de un tema tan importante, y de esta campaña tan agresiva de la derecha extrema, y del riesgo de retroceso en derechos conquistados, uno no puede evitar una mayor frustración y se pregunta si los argumentos que con convicción defiende llegan a aflorar y hacerse visibles -en este caso audibles- en el jaleo superficial entre “los de la rosa” y “los de la gaviota”.
En fin, Serafín, que aunque quieran acallar el debate real, desde aquí os invito a todas y todos a autoinculparos y a asistir mañana a la concentración en Sol, a las 19 horas. ¡FUERA EL ABORTO DEL CÓDIGO PENAL! Haced caso a María, que estrena blog, y pasaos por la mani.

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