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"Otro pudor" (relato)

Quise saber a qué te referías cuando proclamabas que no tenía vergüenza ni la había conocido. Me puse a prueba de tus juicios sobre mi supuesta falta de pudor. Qué narices sabrías tú, si no me conocías ni hacías el mínimo acercamiento más allá de tus prejuicios sobre la precariedad de los valores y el honor hoy en día. Y sin embargo, siempre encontré divertido tratar de rebelarme en secreto contra tu pacata visión de la vida.

Descubrí mi propio cuerpo a través de una compañera de clase en sexto de primaria, cuando en los recreos nos escondíamos en el baño de las chicas y, lejos aún de un definido deseo sexual, nos colmaba la sensación fronteriza de algo parecido a la libertad.

Algún año más tarde, observé, por la ventana del baño, cómo se duchaba un vecino en la casa de enfrente, mientras tú me metías prisa desde la cocina para que me sentara a la mesa.

Para cuando el primo Juan me pidió que le enseñara a besar con lengua, yo ya había roto algún corazón y ensayado más de un escote, y no te voy a hablar ahora, abuela, de mi primera vez, porque aunque acabes de morirte no creo que tengas el cuerpo para grandes turbulencias.

Sí puedo afirmar que en ninguna de esas tontas anécdotas que me han servido de aliadas en la aventura de crecer, y repito, en ninguna, llegué a sentirme verdaderamente transgresora. Jamás he estado a la altura de mis pretensiones desafiantes, ni he advertido que conquistase el terreno vedado por tu moral. Luego tampoco sé, exactamente, cuáles eran esas nociones del pudor y la decencia y el recato de las que yo escapaba según tu criterio. De alguna manera, mi desconcierto no deja de confirmar que estabas en lo cierto, abuela: no tengo vergüenza ni la he conocido.

Pero qué cosas pasan, yaya. A mis veinte años, al saberte vacía de vida, al chocar mis pensamientos contra esta mampara de cristal ante la que te vela toda la familia, me he sentido herida por una horrible obscenidad. Nada que ver con tus oxidados patrones morales. Hoy he sabido que, fuese cual fuese el pudor al que te referías, hay otro bien evidente: la necesaria dignidad que reclama nuestra memoria a quien se ha ido…

Y es que, tonta de mí, no puedo dejar de pensar: ¿pero quién te ha maquillado así, abuela? ¿Quién te ha dejado como una puta puerta? ¿Quién ha decidido exhibirte ya muerta con la caja abierta y un aspecto que no es el tuyo? ¿Quién eres tú y por qué quieres quedarte como la última imagen que vea de mi abuela?

Lo más escandaloso es que el resto de la familia parece decidida a no darse cuenta. Eso, y que no puedo dejar de mirar tu ataúd destapado buscando rastro de ti en esa cara. No tengo vergüenza ni la he conocido.

Qué absurdo que hayas tenido que morirte para que yo me dé cuenta del tiempo que he perdido midiéndome con algo tan volátil como el pudor.

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Terminal

Desde que los aviones sobrevolaban sus pensamientos, la existencia le había cambiado totalmente. Habitar aquel pisito cercano al aeropuerto se había convertido en vivir bajo el yugo del molesto sonido de los vuelos nacionales e internacionales, por no hablar del tedioso puente aéreo. Pero él no se quejaba: era el modo de vida que había escogido.

Había amoldado su sueño a las circunstancias, repartiéndolo a lo largo del día en las breves franjas horarias en las que, previa observación, había confirmado que el tráfico aéreo era más reducido. Y así deambulaba, medio dormido, medio despierto, como una peonza sobre un suelo al que llegaban las vibraciones de la pista de aterrizaje. Pero él no se quejaba: era el modo de vida que había escogido.

Y más que un modo de vida, podía haber pasado a los ojos de cualquiera como una cárcel en que la línea de la libertad estaba marcada por un silencio de nunca más de diez minutos. Pero él no se quejaba, no: prefería pasarse el día sentado, imaginando, recreando, inventando despedidas ajenas. Tratando de olvidar que ya no tenía de quién despedirse.

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